Si mal no recuerdo tenía cinco años cuando papá me explicó los tres pasos murgueros. Se empieza por representar al caminar de los esclavos, con grilletes, sometidos a latigazos: pasos cortos, tambaleantes. Después viene el triple salto, las piernas se sueltan de las cadenas. Y finalmente, llega la matanza: todo el cuerpo emancipado y moviéndose representa la liberación del cautivo.
Año tras año junto a mi padre y sus amigos rendimos homenaje al Rey Momo.
Aún evoco aquella formación: Artemio Usandizaga, el presentador. Ángel Lichinga, el primer platillero. Roberto Perrota era el dueño del bombo principal con platillo. Ese año incorporamos un trompetín que lo soplaba Luis Hermida. Los redoblantes, a cargo de Los Gemelos Guisante. El estandarte era patrimonio de El Negro Tata Güines. No podía ser de otra manera. Descendiente directo de los Bantú aquellos que formaron las primeras murgas del Buenos Aires colonial. Treinta y cinco personas más constituían la comparsa. Se destacaban: La Tana Tarsitano por sus descomunales pechos, El Petiso Fontana apodado así por poseer la altura de un chico de doce años y tener veinticuatro, El Narigón Mosciaro cuya napia había llegado a ganador el premio Guinness.
Creo que en 1976 fue el último feriado de carnaval. Después los militares vedaron los festejos y prohibieron las murgas. Los Incorregibles de Barracas habíamos ganado ese año, como en los tres anteriores, el premio mayor.
Febrero entregaba una noche de sudor extremo. En la Pizzería San Carlos festejábamos con cerveza y mozzarella la recompensa obtenida. El Gallego Miguel, dueño del lugar, había cerrado el boliche para que la fiesta fuera profunda.

Al amanecer, el sol, con toda su fuerza, floreció para decirnos que la vida continuaba. Sin embargo, la fiesta había terminado.
La tristeza saqueó los febreros. Solo algunos chicos en los barrios del conurbano jugaban con pomos hechos de botellas plásticas de detergente. Los más osados cargaban bombitas de agua y buscaban mojar a la niña de sus sueños.
Los tres pasos del baile murguero empezaban a representarse en los centros clandestinos de detención. El látigo se sustituyó por la picana. El triple salto lo di en la cama con elásticos de metal. Y el último movimiento se simbolizó con los cuerpos cayendo al río desde los aviones de la marina.
Una gambeta de la memoria me impide decir en qué momento ocurrió. Ya ni del año me acuerdo. Lo cierto es que estaba tomando unos amargos mientras miraba florecer el ciruelo cuando mi nieto llegó con la noticia: “Volvían las murgas a los barrios”. Ahí nomás busqué la envejecida agenda y empecé a llamar a los muchachos. El tiempo y el pasado habían hecho lo suyo con nosotros. Algunos les bailaban a los ángeles. Otros no sabíamos dónde estaban. De aquellos cuarenta y dos Incorregibles solo diecisiete respirábamos. Decidí cambiar el lugar del encuentro porque San Carlos pasó a ser Restó Undicci. La plaza de Don Pepe fue el territorio elegido. Yerba los hombres, torta frita las mujeres, fue la consigna.
Las caras de algunos resultaban conocidas porque habíamos envejecido caminando las mismas calles. Otras, inéditas por el paso de los años. El Negro era el único que estaba igual salvo por sus motas llenas de ceniza. De Los Gemelos Guisante solo vino Arturo con su hijo Esteban. Carlos vivía en el Borda después de salir del Olimpo. El pibe nos dio una muestra de lo que había aprendido del padre y del tío. La Tana trajo tres docenas de facturas compradas en no se cual panadería, la artrosis le impedía amasar. Los muchachos nos miramos y sin decirlo lamentamos la pérdida de su turgencia. Luís llegó con el trompetín golpeado, pero lustrado. Artemio, sonriente y callado. Un cáncer le había quemado las cuerdas vocales. Trajo un bombo con platillo para reemplazar a Perrota que era uno en la lista de los treinta mil. A El Petiso nos pareció verlo más alto. Y El Narigón orgulloso contaba que no había perdido su récord.
El mate hizo danzar los recuerdos, los tiempos no compartidos y, como en el soliloquio de Segismundo, los sueños también colmaron la charla.
La discusión sobre regresar al carnaval o verlo desde la vereda terminó en un empate. Ocho por lado quedamos mirando al Negro Tata Güines que aún no había dicho palabra. Se paró en el centro y pidió permiso para contarnos una leyenda africana en la que participaban Nanã Buruku, una divinidad, y Ogum, un guerrero:
“Cierto día, en un conclave, el soldado criticó al dios por su vejez. Culpándolo que, por su ancianidad, el hombre blanco los estaba dominando. Buruku le contestó que la vejez no es impotencia. La actitud no se olvida. El viejo león se agazapa para vencer al elefante. ¡Desfilemos!” terminó diciendo.
Mucho no entendimos la metáfora, pero los que estábamos de acuerdo aplaudimos y el resto se sumó al festejo entonando la poesía de antaño.
Teníamos solo unos meses para preparar lo necesario para el desfile. Anhelábamos estar a la altura de las circunstancias. Algunos fuimos desenvolviendo y otros exhumando las levitas y galeras. La hija de Hermida, que se había recibido de modista, nos ayudó a poner los trajes en condiciones. Ensayamos el baile y convenimos repetir la primera copla que habíamos compuesto en el setenta y tres.
En la noche del debut el viento sopló en todas direcciones. Por momentos corría por Reconquista hacia el Sur. Después rotaba y lo hacía en sentido contrario. Una brisa fresca llegaba a veces desde Congreso.
Al morocho se le hacía difícil sostener el estandarte que, con su gente, había restaurado. Pero así y todo salimos, Los Incorregibles de Barracas, a demostrar que nuestro espíritu murguero permanecía intacto. Tibios aplausos resbalaban desde las gradas. La gente murmuraba. Algunas personas de nuestra edad nos reconocieron y comenzaron los vítores.
El cansancio fue devorando nuestra pretensión. En ese momento el viento insufló desde el río. Sentimos como miles de almas deseaban decir presente en esa gala. Todo se volvió energía cuando Roberto Perrota se sumó a la murga y, desde el fondo, comenzó a darle ese toque distintivo al bombo con platillo que tuvimos siempre.










